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poema
SUSURRO OLVIDADO
El susurro de tu voz
invadió el espacio que mantenía cerrado para siempre.
Abrigue los sueños con las caricias de tus manos temblorosas, naciendo
de nuevo mis sueños
entre la sonrisa de nubes de nieve tan blanca, que dolía mirarla.
La escarcha cubrió la noche
pero las brasas de mis sentimientos dormidos en el tiempo,
despertaron con auge rozando tu piel.
Cuando el deseado alba dió paso a la mañana,
los rayos del sol subieron las persianas de las ilusiones, que el polvo del olvido había cubierto.
E. Escribano
poema
SIN DECIRTE NADA
SIN DECIRTE NADA
De veras que no recuerdo
cuantas veces te lo he dicho todo
sin decirte nada.
De qué manera te he acariciado
sin tocarte, aun teniendo tu permiso
para no parar de hacerlo.
He discutido contigo en silencio
porque conociéndote, de poco o nada
habrían servido mis palabras.
Siempre llegué tarde a las emociones
me daban miedo... temía el abandono.
¿Y sabes, Merçé? la vida me ha demostrado
que tenía razón.
Fuiste mi primer amor, mi cómplice, mi amiga.
Lo supe tarde, cuando la vida se te había
llevado y la mía estaba tan comprometida
que me olvidé de mi existencia.
Perdóname porque es ahora
tan tarde y tan inútilmente cuando
sin decirte nada, te lo digo todo.
mabel escribano ©
imagen: google
poema
Te quiero y no lo sabes
Quiero amarte.
Con mis escondidas fuerzas
Un paso decisivo.
Serena, callada y muda
Simple, ,ingenua, pero un alma llena de nobleza.
poema
Un beso sobre la arena
Serena estaba, serena
la mar azul tan callada
mientras a olvido y espera
el tiempo suave jugaba.
La brisa marina abraza
el alma mientras gorgea
y cada dolor del alma
va a contar a la marea.
Mi paso sobre las dunas
de tu vida fue un poema
y el viento borro en dos horas
mis huellas sobre tu arena.
¡Que triste, que triste suena
el adios que nos separa!
¡Que lejanas esperanzas
va cantando mi poema!
Parece que el cielo vierta
sobre las olas su pena
lloviendo lagrimas cuenta
su amor a la luna llena.
Y adentro…¡Qué sal amarga,
inmenso amar, mar inmensa!
El alma herida contempla
marejadas de tristeza.
El viento me enlaza y pasa
como la aurora y me besa
susurrando una plegaria
por la ausencia que me pesa.
¡Adios! ¡Adios! Tan callada
susurra de azul, serena
la mar que a mis pies ha puesto
un beso … sobre la arena.
poema
Perfección 4
Debería morir junto a la tristeza, el amor.
¡No florecen las rosas!
¡El ruiseñor no canta!
¡El sol no sale por las mañanas!
No quisieras que el tiempo se detuviera.
Ir al mar, sentir la brisa, cerrar los ojos.
Respirar la libertad
Surcar con tus dedos en el agua.
Ver un barco en el horizonte
Entonces, preguntarte
¿Quiénes serán?
Y tu corazón se sobresalga de nostalgia.
Foto
Nicolás Cage
poema
GRACIAS, LITERATO
Gracias, hermano poeta, por tu visita.
No sé qué está pasando, pero si entro acá iniciando sesión, no me deja ver lo que escribiste y menos contestarte.
Lo intenté varias veces pero siempre me da error.
Será por eso que no leo ningún comentario más?
Al parecer, ya pocos se detienen a dejar unas palabras al pie de los trabajos.
Igualmente, quiero que sepas que me hizo feliz el saber que, a pesar del caos cerca de ti, todo está bien.
Que Dios te proteja, como siempre, junto a los tuyos.
Tu hermana de letras siempre te recuerda.
(....)
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El viejo, el joven y la muchacha
El viejo, el joven y la muchacha
A la derecha, en la esquina de la parada de colectivo, los gritos de la gente, algunas bocinas y la muchedumbre de siempre oscurecían esa escena. El aire se llenaba de ese humo melancólico que se siente en la garganta y obligaba a callar, y el bullicio provocado por la vorágine de la ciudad era ignorado muchas veces por los transeúntes.
La plaza era inquieta y enorme. Debajo de ese álamo viejo que parecía bailar y desprenderse de sus hojas ya amarillentas y marrones al ritmo de un vals triste y cansado, yacía ese banco blanco y gastado donde cada martes y cada viernes se sentaba el viejo.
—¡Cartera gris, Julieta o Janina! —gritó el viejo antes de que una mujer pasara delante de él.
—No, no, es Amalia o Amelia. —respondió el joven sentado a su lado.
Ellos jugaban a adivinar; era un juego que no tenía un ganador, porque en definitiva y a la larga, jamás lo averiguarían. A ellos no les importaba.
Los ojos del viejo parecían cristales, eran de un azul trillado e intenso, que guardaban memorias y recuerdos.
Mientras observaba las hojas girar incansablemente, alejarse y perderse sobre las baldosas frente a él, supo muy bien que quizás sería su último otoño, el viento fresco de mayo ya se sentía en sus huesos, pero, en cambio, su alma parecía escapársele noche a noche.
—Pasé una hermosa noche junto a una bella chica el miércoles —contó el joven al viejo.
—¡Qué hermoso lo que me cuentas! —exclamó el viejo. —¡Adivino que se conocieron por muchísimo tiempo hasta llegar a esa noche! -
—No, hoy es muy distinto, existen las redes sociales, cambió totalmente todo. - objetó el joven.
- Recuerdo cuando conocí a Ana; éramos vecinos, vivía a unas cuantas casas de la mía, en aquel pueblo donde te he contado que pasé mi juventud. Meses y meses escribiéndole cartas, luego accedió a que la acompañara a alguna heladería o a algún bar, dos o tres meses más y al cine; al cabo de dos años nos besamos por primera vez. Mi Ana, mi Anita, justamente hoy hace siete años que ya no está. – Mirando de reojo al cielo, luego a la esquina. Contó el viejo con el corazón desgarrado.
—Lo que es la vida y sus casualidades, la chica que conocí el miércoles también se llama Ana. - exclamó el joven sonriendo.
Eran casi las diecinueve y…- —¡ciento ochenta y siete! —gritó el joven apenas vio descender del colectivo a la muchacha. Esa exclamación repentina era cómplice; ambos sabían que indicaba que la muchacha más tarde o más temprano pasaría frente a ellos. Quizás era lo único que ellos esperaban en esa plaza, tal vez era lo único que los unía.
—Me recuerda muchísimo a mi Ana- —dijo el joven con voz calma y pausada. —la forma en que balancea sus brazos, cómo se viste, sus pasos largos y decididos—
—Mi Ana tenía sus mismos ojos, marrones claros y profundos. También se sujetaba el pelo con un pañuelo de color intenso igual que la muchacha. –replicó el viejo.
El viejo sabía que probablemente sería una de las últimas veces que la observaría. Él lo sentía. Lo adivinaba. El frío y la brisa de la tardecita se lo recordaban a cada instante.
La muchacha se dirigía apresurada y en breve caminaría frente a ellos. Unos metros antes de pasar frente a ese banco blanco y gastado, aminoró su marcha, fijó sus hermosos ojos penetrantes en el viejo y dio dos o tres pasos más.
Frente a él, dejó caer una dulce sonrisa, que en ese instante al viejo le pareció la tierna y vieja sonrisa de su Ana.
Ahora la mirada de la muchacha era una mezcla de ímpetu y consuelo y de sus labios disfrazados de un rouge enérgico cayeron estas palabras que penetraron el alma helada del viejo. —Hasta luego, caballero-.
El viejo permaneció inmóvil, perplejo y confundido; no fue capaz de mencionar palabra alguna.
La muchacha continuó su camino, ahora apresurando su marcha una vez más. No dejaba de pensar ni siquiera un segundo en ese viejo, viejo dulce y enternecedor, que cada martes y cada viernes percibía solo, gesticulando y hablando con alguien sentado a su derecha, a alguien al que solo él podía ver.








